Del 7 al 14 de julio, como cada año, a las 8 en punto de la mañana. Seis toros y cuatro bueyes son liberados por las calles del centro de Pamplona, recorriendo 825 metros a lo largo de la calle Santo Domingo, la plaza Consistorial, la calle Mercaderes, la calle Estafeta y, finalmente, la plaza de toros. Una vez abierta la verja donde han pasado su última noche, los toros comienzan a correr. Y corren más rápido que cualquiera de los 3000 humanos que quieren estar cerca de ellos, cada uno en su propia sobredosis diaria de adrenalina. La carrera no es un juego, y puede costar desde alguna fractura hasta la extirpación de un órgano interno, o la vida. Quien decide correr debe saber lo que hace y presentarse en buena forma física y mental. Dada la enorme (exagerada) cantidad de participantes, es estadísticamente improbable ser víctima de algún accidente: sin embargo, la posibilidad existe, es bueno saberlo, y cada año hay varios heridos por la carrera de toros. A diferencia de la ruleta rusa, con un buen conocimiento del recorrido y algunas observaciones sobre la psicología taurina (sí, existe y es importante) y el comportamiento de las masas, es aún menos probable resultar herido. Considero irresponsable correr con los toros en Pamplona sin haberlo visto primero desde un balcón. Y sin haber hablado primero con algún corredor experto.